In memoriam
Día de San José Obrero

Cada año, la celebración del primero de mayo me remite a mi etapa escolar y a mi querido Colegio San José Obrero Marianista de Trujillo. Nuestros padres no pudieron tomar mejor decisión que matricularnos a los cuatro hijos en este nuevo colegio, ubicado en la urbanización California. Se inauguró con un elenco de maestros de primer orden, bajo la estricta supervisión de la Congregación Marianista que, por aquellos años se encontraba en expansión en provincias.
Por esa época, mi padre, el poeta Marco Antonio Corcuera, junto con otros intelectuales radicados en esta ciudad, creó la Primera Casa de la Cultura del Perú, hito importante que le permitió interactuar con la colectividad en general y ampliar su radio de amistad y trabajo. Mi hermano Marco Antonio perteneció a la XII Promoción (1972), César Abraham a la XVII (1977), Paúl a la XVIII (1978) y yo, Julio Guillermo Rafael, a la XX Promoción, la primera promoción mixta (1980). Todos, de una u otra manera, gozamos de los beneficios que el colegio brindaba para el aprendizaje del inglés.
Era un colegio modelo: contrataba buses, a la usanza norteamericana, para el traslado de sus alumnos muy temprano por la mañana y al término de la jornada escolar. Esto permitía una gran confraternidad entre los compañeros de clase que subían al mismo bus y, además, además, facilitaba la amistad entre los padres de familia. Se puede decir que el colegio construyó una sólida red de vínculos entre padres y alumnos, tan fuerte que permitía realizar variadas actividades conjuntas a lo largo del año. Una de ellas era la celebración por el Día de San José Obrero, el primero de mayo.

Los hermanos norteamericanos de la Congregación Marianista gozaban de múltiples carismas, entre ellos destacaba el reverendo padre Lawrence Jordan, sacerdote de rostro dulce que consagraba su vida a celebrar misas diarias, confesar, aconsejar y formar personas de bien. A pesar de haber vivido muchos años en el Perú, su español era muy pausado y, en ocasiones, difícil de entender. De noble corazón, sabía ganarse la simpatía y el cariño de todos, sin dejar de ser estricto en el cumplimiento de las normas escolares. El hermano Bill, eximio jugador de básquet, no solo entrenaba a los alumnos en este deporte, sino que también les brindaba consejos para la vida cristiana. El hermano Juan Tong, por su parte, era muy estricto; sin embargo, cuando tocabas su corazón, se convertía en uno de los más amenos y entrañables amigos que se pudiera imaginar. Cada hermano marianista poseía su carisma e iba formando vidas, ayudando a las familias en la formación moral y afectiva de sus hogares, algo que hoy se extraña y que deja a la mayoría de los colegios en evidente desventaja.
Las actividades del primero de mayo se iniciaban con una misa en el patio de formación, en la que participaban padres, alumnos y la plana docente. El colegio contaba con dos locales, uno, denominado Anexo, para estudiantes desde los cinco años hasta tercero de primaria; y otro, el local principal para los alumnos del cuarto de primaria al quinto de secundaria.

No existían las hoy llamadas APAFA. Cada aula escogía su directiva y organizaba su participación en dicha celebración. Las reuniones se realizaban en la casa de los miembros de la directiva; de esta manera, los hijos veíamos cómo los padres de nuestros compañeros intercambiaban visitas y coordinaban su participación. Esta podía consistir en llevar bocaditos, postres u otros aportes. Era una celebración muy esperada. En algunos casos, los hijos también acudían a las reuniones acompañando a sus padres, y se armaba así una lindo y místico encuentro de familias, algo que hoy en día se deja extrañar en los centros escolares. Las actividades que se proponían para distracción de los estudiantes eran simples, pero entretenidas; puedo mencionar las famosas tómbolas, los juegos con el cuy, el derribamiento de objetos con una bola de tela, entre otras.
Recuerdo que, en no pocas oportunidades, nuestro padre participaba de una junta directiva y mi madre de otra, pues mantenían a cuatro hijos en edad escolar y estudiando en simultáneo. Mi padre, además, colaboraba de manera constante como jurado en los concursos de creación literaria. En esas ocasiones, solía donar parte de su colección de Cuadernos Trimestrales de Poesía a la biblioteca del colegio.
Es importante resaltar que la amistad cultivada por nuestros padres con los padres de nuestros compañeros
se proyectó luego a otros ámbitos de la sociedad. Se hicieron socios de instituciones como el Club de Leones, el Country Club o del otrora Club Libertad, entre otras, ampliando así su círculo de amistades.
La participación de los jóvenes en el escultismo, como en el Grupo Scout N° 61 y las directivas de padres de familia, tuvo un gran impacto en nuestras vidas. Nos permitió desarrollar otras habilidades blandas como la socialización y las relaciones interpersonales, fundamentales para nuestro crecimiento personal. Gracias a los años de formación en este colegio, pudimos percibir en primera persona el espíritu marianista. Agradecemos mucho a las Madres Dominicas Misioneras, quienes inicialmente tuvieron a su cargo la sección primaria; posteriormente, a las Madres de la Sagrada Familia de Nazaret, que asumieron la posta hasta el final. Igualmente, expresamos nuestro reconocimiento a la Congregación Marianista, en nombre de todos los hermanos que trabajaron en esta ciudad, así como a nuestros maestros y, de manera muy especial, a nuestros padres.
El 12 de julio de 1960 llegaron las Madres Dominicas Misioneras para encargarse de la sección primaria, siendo la Madre Josefa la directora. En 1967 fueron reemplazadas por las Madres de la Sagrada Familia de Nazaret, con la hermana Eufemia a la cabeza.
Como colofón, les comparto algunos versos del poema “Muchachos del treinta y cinco” que mi padre escribió para sus compañeros de colegio, y que se ajusta plenamente a los sentimientos de la época en la que fuimos formados.
…
Él es nuestra luz y guía,
nuestro camino y altar;
en sus arcadas al par
nuestra lucha convivía
cual si fuera poesía
nacida del interior.
En él todo fue mejor,
hasta la desgracia misma,
sus rayos, como en el prisma,
inundaban de calor.
…
Todo era tan inocente;
tan hermosas las mujeres;
parecía que los seres,
vale decir que la gente,
tenía algo diferente
en la entraña de uno mismo.
Era amor y era civismo
lo que el maestro enseñaba;
lo cierto es que nos tocaba
lo más hondo del abismo.
Pues toda mataperrada,
tomada de pelo y chiste,
era como los alpistes
que al canario se le daba;
en castigo colectivo
toda boca se cerraba.
No denunciar al amigo:
compañerismo acabado,
es don que Dios nos ha dado
y por eso lo atestiguo.
