Datos vitales del poeta Marco Antonio Corcuera

Datos vitales del poeta Marco Antonio Corcuera

Compartimos un texto de Julio Corcuera, quien reconstruye la memoria y el recorrido vital de su padre, el poeta Marco Antonio Corcuera.

A través de recuerdos, fragmentos de sus memorias y poemas, este texto nos acerca a la infancia andina del autor, a su formación humana y artística, y a los valores que marcaron su obra: la sencillez, el vínculo con la naturaleza y el sentido profundo de comunidad.

Un testimonio que no solo recorre una vida, sino que invita a volver la mirada hacia nuestras raíces.

In memoriam

Datos vitales del poeta Marco Antonio Corcuera

 

Cuando creemos haber alcanzado algunos objetivos importantes en la vida, se torna imperativo escribir el proceso y compartirlo con los demás, una especie de recuento de cómo fue nuestra experiencia de vida y nuestro tránsito por este mundo. Es ahí donde uno va plasmando recuerdos que impactaron enormemente en la niñez, adolescencia, juventud y demás.

Tengo la firme convicción de que algo así le sucedió a mi padre, el poeta Marco Antonio Corcuera. En su proceso vital escribió textos que luego tomaron forma de libro por su gran valor histórico y por los niveles de detalle que estos contenían sobre su pueblo y familia. En el año 1998, estando en vida, publicó el primer tomo de sus memorias bajo el título “Siembra de caminos”, en el que daba a conocer los recuerdos más tempranos de su vida, para mostrar cómo se desenvolvió su infancia y el gran paralelo con la de los niños que nacen en nuestro Ande. En el texto preliminar anota:

“Hemos cavilado acerca de dar o no a conocer estas memorias. ¿Quiénes somos –nos preguntamos– para hacerlo, si este privilegio sólo está reservado para las personas importantes? Sin embargo, los demás también tenemos algo que decir si consideramos a la vida como irrepetible.

Dicho esto, entregamos la primera parte de esta semblanza, correspondiente a nuestra niñez y juventud, que recogen iniciales impresiones, las mismas que avivaron nuestra sensibilidad artística.

Nos hemos adentrado en el corazón de los seres y de las cosas que nos rodean para mirarlas con los ojos del alma a fin de revelar su magnitud y excelencia.

Estamos satisfechos de haberlas vivido. Nuestra niñez campesina nos enseñó a querer a la naturaleza. No hay nada que la supere, salvo Dios que la creó. Lejos la podredumbre de la multitud con sus intereses y pasiones. La sencillez del campo es como un remanso que nos hace vivir. Todo fue hermoso y se confundió con los instantes añorados de la juventud que nos llevaron a conocer y admirar las cosas más simples y pequeñas que por su misma dimensión exceden a la de su propia naturaleza.

Vivimos los recuerdos de nuestros pueblos queridos. Ningún otro lo iguala porque mantiene y comunica el calor y cariño de los que nos enseñaron a quererlo. Es en esta inteligencia que le ofrecemos el testimonio nacido de nuestro propio corazón, aunque no éste a la altura de sus merecimientos.”.

En este libro narra sus primeras vivencias y recuerdos, teniendo como protagonista principal a sus abuelos, don Sebastián Díaz Díaz y doña Adelaida Alfaro Valenzuela, a su madre Teodosia Higinia Díaz Alfaro y adicionalmente a todos los jornaleros, que, con el abuelo, compartían el día a día en las faenas del campo. El abuelo era hacendado, pero no lucía como tal, por el contrario, se identificaba plenamente con los campesinos, lo que hizo que el corazón de su nieto se enriquezca más y palpe desde dentro toda la armonía de la naturaleza. Marco Antonio lo registró así:

“… El Salario —estamos hablando del tiempo pasado que, como en el poema clásico, siempre fue mejor— era una hacienda modelo por su conducción, su cercanía a la ciudad y sus condiciones naturales…

… En el patio de la casa se colocaban troncos para que se sentaran los peones a la hora del almuerzo. En el centro del patio y bajo la sombra de los mutuyes en flor, sobre una manta, un mantel extendido y sobre este un queso enorme que dos hombres no podían rodear; a los costados peroles cocinando papa seleccionada, recién sacada; choclos y yucas; rocoto molido en una lapa grande. Con un machete que había lavado con la arenilla de la bullente acequia que pasaba junto a la casa, partían el queso en trozos para cada uno de los asistentes…”

Gracias al abuelo, nuestro poeta aprendió que el tener para acumular no tiene sentido. Por el contrario, el compartir con el prójimo tiene mucho más valor. Así mismo, habla de sus amigos contemporáneos, con quienes forjó amistad y lazos de hermandad muy profundos. El texto sigue diciendo:

“La razón que justifica la primera parte de estas memorias es la de verter en sus páginas algo de nuestra niñez y de nuestra mocedad, las épocas más preciadas de la vida. Caminos que se recorrieron junto a la inquietud artística, mirando las cosas con los ojos del alma…

Tanto recordamos esos instantes trajinados de inquietud, poblados de pájaros, teñidos de emoción y de amor, que ya no volverán, pero que siguen rozando con la punta de sus alas los cristales de nuestra infancia. Vivencias que se resisten a ser abatidas por el tiempo…”.

Acompañarlo en esta reminiscencia nos ayudó a adentrarnos en su mundo y ver con esos ojos la maravilla de la naturaleza y la simbiosis que le hace falta al hombre para conectar con ella y con los que nos rodean. De esta manera, se fue convirtiendo en ese personaje que todo lo puede, que nada lo detiene. Capaz de fijar su mirada en objetivos muy altos e ir a su encuentro. Su vida se convirtió en un correlato de todo lo que un joven del Ande puede alcanzar acompañado de su formación, intelecto y talento.

Contumazá es una provincia aparentemente pobre en recursos naturales, pero rica en recursos espirituales Allí, el clima y el entorno pueden hacer brotar diamantes. Los eventos naturales como el frío, la helada, la lluvia, la distancia, el polvo, no amilanan a ningún poblador de esa patria chica. Por el contrario, forman a la perfección el carácter. Mi padre tuvo esta suerte y aprovechó con creces las adversidades, para transformarlas en bellas composiciones poéticas que ahora son admiradas por propios y extraños. Para muestra leamos este bello poema titulado Visión del Ande tomado de su antología poética, Tala en el silencio. 

 

Visión del Ande

 

Subir al Ande

y aspirar el rocío de la cumbre,

y ver el suave rostro de la tarde,

y coger la menuda violeta,

y escuchar la piante voz del ave.

 

Subir al Ande

a perseguir vizcachas y venados,

en la tibia alegría del verano

con el alma del Ande en las entrañas,

entre el dulce fermento de la sangre

y el apretado hervor de la palabra.

 

Subir al Ande

y empaparse de raza

para sentir el soplo de la helada,

la tela semiurdida de la niebla

y la enteca semilla que no avanza.

 

En base a su capacidad artística, y perteneciendo a una promoción de poetas y escritores sanmarquinos, conocida ahora como Generación del 40, fundaron la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, llegando a publicar solo quince números hasta el año 1945, en Lima. Este año, Marco Antonio se traslada a Trujillo y se encuentra con otro grupo de poetas (Horacio Alva Herrera, Carlos Humberto Berrios Carranza, Wilfredo Torres Ortega y Héctor Centurión Vallejo) con quienes reactivó, en 1950, la edición de la revista en su segunda etapa, llegando a editar cincuenta y siete números hasta el año 1980.

En este período, la revista cruzó fronteras hasta llegar a casi todos los países de habla hispana, y en la que aparecieron poetas de casi todo el planeta. La historia siempre se encargará de reconocer hitos importantes como este. El Estado peruano el 3 de julio de 2025, por Resolución Viceministerial del Ministerio de Cultura N°000161-2025-VMPCIC/MC resuelve declarar la colección de los cincuenta y siete números de la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía como Patrimonio Cultural de la Nación, honor que solo cabe en hombres honestos y comprometidos con sus ideales.

Sabido es que en el negocio de libros lo menos comercial es la poesía; sin embargo, este grupo de poetas, pese a la falta de incentivos económicos, la escasa cabida en los círculos literarios del país y el centralismo limeño, lograron lo contrario. Mi padre solía decir con ironía: “solo personas con esta tara pudieron vencer todas estas adversidades”. En el número 46 de la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, publicada en 1972 (edición correspondiente al trimestre abril – mayo – junio de ese año) bajo el título Sendero del viento, en el texto prologal escrito por los editores, se lee: 

“… Los que fundamos esta revista nos mantenemos fraternalmente unidos: Wilfredo Torres Ortega, Horacio Alva, Carlos Humberto Berrios y Marco Antonio Corcuera, pertenecientes a una misma generación literaria. Hemos hecho promesa, que ahora renovamos, de no abandonar esta hermosa tarea hasta que las fuerzas físicas nos abandonen, hecho que sólo sucederá con la muerte; sin embargo, quien o quienes queden seguirán en la brega…”.

Todo esto es claro ejemplo de lo que un grupo de personas, con un corazón enorme, libres de vicios, forjados en las frías cumbres del Ande, pero movidos por un gran ideal, son capaces de hacer para lograr sus más altos objetivos. Bajo el ejemplo de estos héroes de nuestra literatura volvamos los ojos a nuestras raíces para forjar una patria nueva.  Muestra de ello es este poema de mi padre:

 

Hombre del Ande

 

Parido en los terrones del rastrojo

o en las costillas del pollino

ves la luz de la luna o del sol de la sierra

y pronto tus talones ruedan como mazorcas

y tu corazón se lía como bejuco

a la cintura de su hembra.

 

Pan de harina gruesa tus manos calcinadas

tocan el andarilla y el cabestro del tiempo

hasta que la sequía

te hace rodar al valle con tu ruana de aperos

y allí la mugre del jornal te mantiene

dando tu fuerza joven,

los rosados colores de tu piel a la fiebre

apurando la marcha delante de la máquina

entre el hedor del guano y el hollín de la caña.