Julio Corcuera evoca la historia del Cristo Crucificado que marcó la infancia y la vida de Marco Antonio Corcuera: una imagen llegada desde la antigua capilla del fundo en Contumazá, que atravesó generaciones hasta acompañarlo en su estudio, como presencia íntima y silenciosa. Entre memoria familiar, fe y poesía, el relato deja ver cómo ciertos objetos no solo se conservan: resguardan una historia y la mantienen latiendo.



In memoriam
Marco Antonio y el Cristo de la Familia
Mi padre, el poeta Marco Antonio Corcuera, solía contarnos que, en casa de sus abuelos, en el Fundo El Salario – Contumazá había una Capilla a la entrada en la que se oficiaban misas familiares (cumpleaños o aniversarios) o en honor a ciertos santos como San Mateo (patrono del pueblo) y San Isidro Labrador, muy venerado en toda la sierra del país por las personas que se dedican a la siembra y cosecha de productos de pan llevar.
En su libro Apuntes para mis memorias, editado de manera póstuma gracias al auspicio de la Municipalidad Provincial de Contumazá, el año 2019, escribió lo siguiente:
«… El Salario era un fundo muy lindo (siempre en tiempo pasado, el de la niñez) donde todos éramos como familias, dueños y servidores: mi abuelo era el patriarca que disponía las labores, arreglaba conflictos familiares, atendía reclamos personales e imponía sanciones cuando era necesario. En la capillita de la entrada de la casa se realizaban los oficios religiosos, trayendo al sacerdote de Contumazá. Allí se celebraban las fiestas. La más movida era la de San Isidro Labrador. El santo era chiquito, pero elegante, con un vestido de dril amarillo, polainas y sombrero de palma, portando una lampa en la mano derecha…».
Contaba además que en el altar de la Capilla se exhibía una talla de madera del Cristo Crucificado, de una sola pieza, con el corazón descubierto, el mismo que latía gracias a un fuelle conectado internamente, producto del corte con la lanza que le produjo el centurión Longinos. Recordaba también que ante esa imagen del Crucifijo se arrodilló muchas veces para rezar, y al mismo tiempo pedir por la salud de sus abuelos y padres.
Cuando mi abuela Teodosia Higinia y mi padre salieron de Contumazá a Trujillo, sus abuelos aún vivían en Contumazá, y la hermosa talla quedó en casa. Perteneció a sus abuelos, don Sebastián Díaz Díaz y doña Adelaida Alfaro Valenzuela. Los abuelos se desvivían por el nieto Marco Antonio, a quien prodigaron sus mejores años y todas las atenciones posibles.
De este matrimonio nacieron sus tres hijos: Manuela Sacramento, Teodosia Higinia (madre de Marco Antonio) y José Salomé Díaz Alfaro (joven estudiante y líder político de su época). Mi padre, en el mismo libro, recuerda cómo era su abuelo Sebastián:
«… Don Sebastián Díaz, mi abuelo materno, era un hombre adorable en sus ochenta años; de una barba bíblica que le caía como cabuya a los dos costados de la cara, dando los buenos días a todos en la minga, de su poncho de hilo fino y montado en un caballo manso que obedecía a la primera palabra. Yo era su nieto engreído (y digo esto por mis primas Carmen Rosa, Laura y Zelmira León, hijas de mi tía Manuela [Sacramento], hermana de mi madre) seguramente porque yo era el hombre… Recuerdo haber transitado por El Salario y Cachil alguna vez al anca de su cabalgadura y después en un manso pollino, también obediente. Mi abuelo era hijo de mi bisabuelo Salomé Díaz y de mi bisabuela Manuela Díaz. Él heredó el fundo Cachil en el distrito y provincia de Contumazá. Diré, y esto no con vanagloria, que mis bisabuelos que tuvieron hijos fueron los dueños de cinco haciendas que se perdían de la vista. Mi abuelo Sebastián adquirió, después, con su trabajo, la hacienda El Salario, precioso fundo que le tocó a mi tía Manuela y el Gobierno expropió para Granja Escuela por la suma de 20,000 soles, allá por el año de 1931».
Luego de los años y a la muerte de los abuelos, el Cristo Crucificado que estaba en el altar de la Capilla de la casa, pasó a posesión de la tía, Manuela Sacramento Díaz Alfaro, quien se trasladó a Lima con sus hijas Carmen Rosa, Laura María de Antonieta y Zelmira Soledad León Díaz, quedando ellas en posesión de la sagrada imagen. Las tías estudiaron Farmacia en la Universidad Mayor de San Marcos. Con el dinero producto de la expropiación realizada por el estado del fundo que heredaron de sus abuelos, instalaron la Botica “Montevideo” en pleno centro de Lima. Con el tiempo fue una de las mejores Boticas de Lima.
La talla de Cristo Crucificado permaneció en poder de las tías por muchísimos años. Mi padre, siempre añoraba volver a ver la imagen. Cada vez que viajábamos a Lima, y visitábamos a las tías, lo primero que hacía era acercarse a la imagen y hacer una breve plegaria. La gran mayoría de veces que mis padres y nosotros viajábamos a Lima, nos quedábamos alojados en su casa. De esta manera mi padre podía contemplar la imagen del Cristo Crucificado y rezar por el alma de sus abuelos. Felizmente, las tías vivían juntas en una quinta, a muy pocos metros de la Botica donde trabajaban. Ahí tuvimos la oportunidad de conocer la imagen y rezarle con mucha devoción como lo hacía nuestro padre de pequeño. En casa de las tías también vivían nuestros entrañables y queridos primos; por parte de la tía Carmen Rosa León Díaz, Víctor Gerardo (estudiante de ingeniería) y su hermana Yolanda Manuela (Mely) González León. Por parte de la tía Laura María de Antonieta León Díaz, los primos Julio Víctor Antonio (Químico Farmacéutico – Asimilado a la FAP), Laura María Margarita, María Salomé y Adelaida María Antonieta Robles León. La tía Zelmira Soledad León Díaz no contrajo matrimonio, con lo cual su corazón crecía con abrazar a cada uno de sus sobrinos.
Al pasar los años, y a punto yo de contraer matrimonio, mi padre le pidió a mi hermano César, ya ordenado sacerdote, y por entonces Capellán en Lima en el Colegio Salcantay, que gestionara para que la talla pasara a nuestro poder y presidiera mi boda civil, ceremonia que se realizó en estricto privado en casa, por la salud de mi padre. Mi hermano cumplió a cabalidad el encargo y consiguió que la hermosa talla del Cristo Crucificado de la familia nos acompañe y bendiga nuestro hogar. Una vez culminada la celebración, pasó al estudio del poeta, para su permanente contemplación, como lo hacía de pequeño. Esta hermosa y muy querida reliquia acompañó al poeta hasta sus últimos días.
En Apuntes para mis memorias, menciona esta imagen:
«… Contaré algo de este acontecimiento que concitó el interés de la Región Norte. Había sucedido la travesura de “El Niño”, la corriente cálida del Golfo de Guayaquil, que después de algunos años (con periodos conocidos), del 25 se ha repetido el año 1983. Es un hecho que dicha desviación de la corriente cálida calentó las aguas que la Corriente de Humboldt trae del sur y las aguas se precipitaron en corrientes incontenibles en la sierra y la costa norteña. Contumazá quedó aislada durante muchos días y meses, mientras se arreglaban los caminos, que en ese tiempo eran de herradura. En Siembra de caminos cuento lo sucedido en la noche agónica cuando se derrumbaban las casas, y los chicos, como pollitos, nos manteníamos en las faldas de los mayores esperando la hora definitiva, donde todo debería desaparecer. La abuela, con un coro de gentes en la sala de la casa, rezaba desesperadamente:
Aplaca Señor tu ira,
tu justicia y tu rigor,
por tu purísima madre,
misericordia, Señor.
Digo también que, al Cristo, una imagen antigua, de peaña, y traída de España, le latía aceleradamente el corazón. Tenía una abertura hecha por el lanzazo de Longinos. Todos de rodillas, sudorosos y con lágrimas en los ojos, nos agarrábamos fuertemente de las manos para que ni la muerte nos separe. Al fin, después de una eternidad, amaneció, esta vez con un sol claro, entrecortado por las nubes. Los muchachos fuimos corriendo a ver cuáles habían sido los estragos de la noche y comprobamos que la casa del Toroponcho la había bajado el barranco enterita hasta la Plaza de Armas y vimos cómo sacaban a las personas por los techos y los balcones. ¡Milagros del Taitito!, dijimos y nos volvimos a la casa a contar lo sucedido…».
Dentro de poco, esta hermosa imagen pasará a ser parte del museo que la Familia prepara como homenaje al poeta y en recuerdo a la familia materna que tuvo el acierto de conservarla por años.
Finalmente, tomado de la Antología poética Tala en el silencio, del poeta Marco Antonio Corcuera, publicado el año 2001, comparto este bello poema en recuerdo de su madre y de su tía Bertha Alva, titulada Dos madres en mi recuerdo.
DOS MADRES EN MI RECUERDO
Dos madres en mi recuerdo,
como dos gotas de agua;
con un solo y firme acento:
el amor que no se acaba.
Dos expresiones atentas,
dos entrañas animadas,
dos perfiles en alerta,
tan cerca que se tocaban.
Bertha y Teodosia, las dos,
me parece que las viera
trajinando con amor
sobre esta sufrida tierra.
Ceñidas a sus costumbres,
cada cual a su manera,
estas dos mujeres madres
se van, pero no nos dejan.
Bertha en sus manos tenía
un no sé qué de hechicera,
dándole forma a capricho
a los organdís y sedas.
Con un toque de elegancia
las flores que concibiera,
como por encantamiento
brotaban de sus tijeras.
Y Teodosia en el taller
de su casa era la dueña
con un brillo que envidiara
la más rutilante estrella.
Del interior de su pecho
le nacía una azucena
tan blanca, que iba dejando
por donde pasaba, estela.
Estas almas estuvieron
con sus auroras abiertas,
con sus brazos que eran almas
y sus corazones, puertas.
Les entrego lo que tengo:
mi pobre voz inserena,
el recodo de mis ansias,
mis arterias y mis venas.


