En el artículo de hoy, Julio Corcuera nos comparte un recuerdo íntimo y entrañable: la forma de crear de su padre, el poeta Marco Antonio Corcuera. Desde la escritura a mano hasta la paciencia del pulido final, el texto nos permite asomarnos al taller secreto de la poesía y a una relación marcada por la sensibilidad, la palabra y la memoria.
Un homenaje familiar y literario que culmina con un poema conservado como tesoro y legado.

In memoriam
El poeta y su estudio (IV)
Por lo general, el recuerdo o invocación de un hecho pasado, involucra a todos los sentidos. Ya sea algo que vi, oí o toqué en un determinado momento de mi vida. Hoy, desearía contarte una experiencia muy bonita de mi juventud que viví con mi padre, el poeta Marco Antonio Corcuera. Tenía él tal sensibilidad que cada composición suya la plasmaba de inmediato, y de puño y letra, en un papel. Por lo general, se la leía a mi madre y en algunos casos a nosotros, sin mediar un momento exacto para hacerlo. En el momento menos esperado, nos decía: Chicos, ¿qué les parece esta composición?».
Era recurrente, sucedió a lo largo de toda nuestra vida, desde muy pequeños, luego de niños, más delante de adolescentes y finalmente de mayores. De los cuatro hermanos, tuve la suerte de vivir mucho más tiempo con mis padres. A pesar de que nuestro hermano mayor Marco Antonio estudió en la Universidad Nacional de Trujillo, se independizó bastante rápido. Primero trabajó con mi padre en su estudio de abogado y luego en otros. Contrajo matrimonio, y enrumbó su propio proyecto personal. Culminó como notario de Chepén y luego de Trujillo. Mis otros dos hermanos, César y Paúl, migraron a Piura, donde estudiaron. César viajó a Roma para estudiar Filosofía, y finalmente encontró su vocación en el sacerdocio. Paúl se dedicó a la docencia universitaria haciendo una gran trayectoria profesional; actualmente se desempeña como rector de la prestigiosa Universidad de Piura. Estos eventos familiares me permitieron compartir mucho más tiempo y experiencias con mis padres, saboreando de primera mano innumerables composiciones poéticas. En esa constante interacción, me convertí en una suerte de testigo de excepción de la manera de trabajar de mi padre, de cómo urdía sus creaciones poéticas y el tiempo que le dedicaba a la lectura y al trabajo profesional.
El tratamiento que hacía a sus creaciones poéticas, o proyectos de poemario era impresionante. Primero anotaba un verso que le venía por inspiración, o parte del cuerpo del poema que deseaba construir, luego le daba vuelta en su cabeza hasta conseguir que fluyera. Poco a poco, le iba dando forma hasta tener un borrador bastante cercano a lo que su inspiración le mandaba. Solía escribirlo a mano en una cuartilla de papel y sobre ese borrador le daba muchas vueltas hasta “dejarlo redondo”, frase que usaba cuando componía sus poemas. Una vez hecha la matriz, lo dejaba descansar un tiempo y luego de unos días, volvía retomarlo para hacer correcciones, si fuera el caso. Su mecánica de corrección iba acompañada de diccionario en mano, para buscar la palabra exacta y que rime a la perfección, tachaba la palabra que deseaba reemplazar y luego colocaba la nueva en la parte superior. Este proceso le ayudaba a conseguir la precisión en métrica y musicalidad y podía tomarle mucho o poco tiempo dependiendo de su gusto creador. No concebía un poemario a la primera, sino luego de ubicar los poemas en una cierta temática. Entonces armaba su proyecto de poemario.
Luego de dejar que el poema descanse lo suficiente, trasladaba la versión manuscrita a una versión tipiada en su máquina de escribir. Una vez transcrita, solía anular con una equis grande lo escrito a mano y colocarle la palabra “ya”, en señal de que había sido transcrita. Esta nueva versión la dejaba descansar para volver a revisarla más adelante. La cuartilla escrita a mano era desechada para quedarse con la nueva versión. En ese proceso, terminaba desechando los manuscritos, que ahora tendrían un gran valor para el estudio de su obra. Uno de estos poemas escrito a puño y letra lo conservé en un momento de mi vida —tuve el acierto de hacerlo— por dos razones. La primera, porque cuando me lo leyó me gustó mucho el misticismo de su concepción. Y la segunda, porque me pareció muy especial atesorar algo escrito por mi padre. Se trata de un poema que, para mi gusto, es bastante «redondo» —como diría mi padre. Aún resuena en mis oídos su voz leyéndomelo. Helo aquí. Espero te guste y compartas esta misma emoción.

Dicen los sabios que el amor madura
solamente en las almas solitarias,
las almas que dilatan sus plegarias
vertiendo en la saudade su ternura.
Dicen los sabios que amistad procura
bajo el suave romance de las arias,
distinguir entre muchas, entre varias,
a una sola que de sí es más pura.
Si eso piensan los sabios, yo diría
que lo más entrañable, si eso cabe,
en cosas del espíritu transido,
es lo que tiene la melancolía,
dura trama que no hay cuando se acabe
sino el tiempo que dura lo vivido.
