In memoriam
El poeta y su estudio (III)
Siempre el escritorio o mesa de trabajo de un padre es imponente. Recuerdo que de pequeños todos los hermanos queríamos sentarnos a estudiar en el escritorio de papá, el poeta Marco Antonio Corcuera. Era un escritorio grande de madera, tenía cuatro cajones al lado derecho, ocultos por una puerta con llave, y al lado izquierdo, tres plataformas ocultas detrás de otra puerta con llave. En el centro, se encontraba un cajón largo con chapa y llave. La silla del escritorio era giratoria. Para aquellos años, este tipo de silla solo era usada como silla principal del escritorio. Por tanto, sentarse en la silla principal del escritorio le otorgaba per se, un cierto grado de dominio sobre todo el espacio, una posibilidad de movimiento infinito en todo el lugar sin tener que levantarse; y lo que era mucho mejor… abrir los cajones y ver las cosas que estos contenían sin tener que bajarse del mismo.

Recuerdo perfectamente que mi padre conservaba en el cajón principal de su escritorio —ubicado en la parte final del lado derecho— un sobre blanco en el que guardaba su medalla de la Logia. Él perteneció a la Logia Masónica N°99 llamada “El Silencio”. La medalla simulaba ser una medalla de la Orden del Sol. Contenía en su parte central los elementos distintivos de la organización y una piedra zafiro azul. La medalla era muy linda —por cierto— y en algunas ocasiones nos la colocábamos para desfilar en la habitación como si fuésemos autoridades distinguidas.
Sobre su escritorio, tenía un portalapicero con un compartimiento para colocar clips y alfileres, además de otro espacio para guardar papeles pequeños a manera de pósits para hacer anotaciones breves. Asimismo, contaba con un fechero de metal pequeño, un perforador, un engrapador, un pinchero de metal y un pisapapeles con la imagen de un indio americano. También tenía bandejas de ingreso y salida de documentos. Nuestro padre, recibía con mucha frecuencia cartas o correspondencia vinculada con la revista Cuadernos Trimestrales de Poesía, material que ingresaba directo en esa bandeja. Del lado de la salida de la bandeja conservaba las copias cargo de las comunicaciones remitidas para ser conservadas en un exfoliador grande de color negro. Archivadores de palanca que aún se mantenía intactos, tal cual él las dejó, esperando un estudio concienzudo y serio sobre su relación con los escritores e intelectuales más importantes del país y algunos de otros países.

A un lado del escritorio se ubicaba su máquina de escribir, herramienta que cuidaba como oro. Le gustaba darle mantenimiento con bastante frecuencia, pues la usaba constantemente. Con ella mi padre, durante la madrugada, tipeaba sus poemas que previamente había escrito a mano, desechando los manuscritos y manteniendo la copia tipeada. Nosotros también sacábamos provecho de ella: escribíamos los trabajos que debíamos presentar en los diferentes cursos de colegio. Los textos, de acuerdo con las normas de aquella época, se tipeaban en hoja bond, papel calcar y, finalmente, sobre papel periódico. Todo esto con el fin de conservar una copia que luego nos servía para estudiar y repasar los trabajos presentados. Aquí debo agregar que mi padre escribía muy rápidamente y sin ver el teclado, lo que le daba una suerte de experto; además, lo hacía con gran velocidad y casi — podría decirse— sin errores ortográficos y de tipeo.
Mis hermanos mayores, Marco, César y Paúl, estudiaron en academia de mecanografía y, por tanto, tenían mucha más destreza a diferencia de quien escribe esta nota. A pesar de haber estudiado mecanografía en el colegio, solo me acostumbré a usar tres o cuatro dedos con los que me podía defender para tipear los trabajos exigidos en los cursos. Tanto nuestro padre como nuestra madre, además de tipear muy bien a máquina, sabían taquigrafía, lo que les permitía copiar y escribir con mucha más rapidez. Conservamos en algún lugar de la biblioteca los cuadernos de taquigrafía de nuestra madre.

En una hoja de calendario con la fecha de lunes 28 de diciembre de 1959, mi padre escribiría un poema de muy pocas sílabas por verso, con terminaciones en vocal “a”. Trabajo muy difícil que lo hizo de un solo tirón, como suelen hacerlo los artistas. Uno de los tantos poemas que en su momento verá la luz, pero que, por ahora, sigue conservándose en uno de esos cajones de su escritorio debidamente guardado en un sobre de manila. A continuación, les comparto la composición:
Ninguna
esencia
lleva luna
y creencia
de dulzura
escondida
de premura
conmovida
alma mía
recreada
por la vida
imantada
o alegría
lacerada.
