In memoriam-Marco Antonio y su biblioteca

En este nuevo texto, Julio Corcuera evoca la relación íntima de su padre, el poeta Marco Antonio Corcuera, con los libros y la naturaleza. Entre lecturas, crucigramas y madrugadas de estudio, descubrimos al hombre detrás del poeta: un lector incansable, amante del saber y del silencio creador.

 

Muchos de los amigos que leen eventualmente las anécdotas que escribo me preguntan qué libros leía mi padre, el poeta Marco Antonio Corcuera. La verdad es que no tenía uno solo, sino muchos. Leía con pasión a los clásicos: Bécquer, Machado, Lorca, Góngora, etc., entre otros, pero no dejó de leer a los poetas contemporáneos con quienes alternaba reuniones y comunicación epistolar constante.

Le encantaba la poesía. Tenía una predilección desmedida por el Siglo de Oro español, los clásicos universales y por el ritmo y musicalidad de los sonetos. Al mismo tiempo leía a los contemporáneos y a los poetas jóvenes que le obsequiaban sus obras. Lo hacía con el espíritu de conocer la producción poética regional y nacional.

Con ocasión del cumpleaños número 80 de mi padre, el Poeta Joven Luis Eduardo García, ganador del VIII Concurso El Poeta Joven del Perú (1985), le hizo una entrevista que fue publicada en el diario La Industria de Trujillo el 29 noviembre 1997, en su página cultural. Aquí le formula la siguiente pregunta:

—¿Qué le recomendaría a un poeta que recién empieza?

—Que no todo es espontáneo, que hay que trabajar mucho, que hay que leer mucho. Quien no se cultiva no podrá jamás escribir una buena poesía —Respondió Marco Antonio contundentemente.

Este principio, que pudiera parecer simple, mi padre lo practicaba a diario. Por la tarde, junto con mi madre, se dedicaban a resolver crucigramas, divertido e ilustrativo pasatiempo. Esto lo obligaba a usar su diccionario Pequeño Larousse, para buscar sinónimos o antónimos a palabras complejas y nuevas para ambos. Asimismo, buscaban fechas de nacimiento o de muerte de diversos personajes de la historia. Indirectamente, este ejercicio los llevaba a conocer nuevos vocablos y enriquecer su léxico. Todo este ejercicio les permitía expandir su rango de conocimiento sobre temas que les eran desconocidos hasta ese momento. Mi madre era capaz, con solo su diccionario, de resolver los enormes geniogramas en pocas horas.

Por la madrugada, mi padre se levantaba muy temprano. Alrededor de las tres de la mañana, ingresaba sin hacer mayor ruido a su biblioteca y se ponía a leer poesía o narrativa, género este que también le gustaba mucho. Podía leerse un libro de 300 páginas de un solo tirón. El derecho, era otra de sus pasiones, por lo que le dedicaba el tiempo suficiente para leer e interpretar las normas que debía aplicar para tal o cual proceso. Siempre estaba al día con las modificaciones de las leyes y los códigos. Cada vez que tomaba un caso, revisaba a fondo la documentación para encontrar la manera correcta de darle solución. Buscaba que su defensa sea ejemplar y ad hoc a lo encomendado.

El vínculo con su lar nativo, vividos desde sus primeros años de niñez junto a los abuelos, marcaron su sensibilidad. La naturaleza lo sorprendía a cada momento y sus poemas eran una respuesta a tanta belleza. En la entrevista citada, el periodista le hizo la siguiente pregunta:

—Si no hubiera sido poeta o abogado, ¿qué hubiera sido?

—Qué curioso. Hubiera sido jardinero o agricultor, por el solo placer de estar en contacto con la naturaleza. Tocar una raíz, acariciar una hoja es encontrase con el universo —respondió Marco Antonio.

 Y prueba de esto, es la respuesta que da a la siguiente pregunta:

—¿Con cuál de sus libros le gustaría que la gente se identifique?

— Con Los aires del alhelí, porque es la expresión de la poesía popular, de la poesía que está en contacto con la naturaleza. Yo reconozco el valor de la poesía social y amorosa, pero me gusta rescatar lo más sencillo y olvidado. Me parece que acercándome a la naturaleza estoy más cerca del conocimiento del universo —señaló Marco Antonio.

Con esa visión suya del mundo andino y la naturaleza, nos fue forjando y llevando hacia su Contumazá querida; sin duda, con la intención de que encontremos este nexo vital con la naturaleza. De manera especial, con su Bosque encantado, «Cachil», al que tanto defendió y conservó, forjando en nuestras almas esa sensibilidad humana que nunca debemos perder.

Recuerdo que estando yo en Contumazá, alrededor de 1985, se me ocurrió preguntarle a mi padre qué libro me recomendaba para leer en mis momentos de soledad y ocio, de modo que ampliara mi visión del mundo. En uno de mis tantos viajes de regreso a casa, le recordé sobre el libro. Me llevó a su biblioteca y tomando uno, me dijo: «Este libro se titula La importancia de vivir, del pensador y poeta chino Lin Yutang (1895 - 1976)». Era una linda edición del año 1937 que conservaba desde su época universitaria. Fue uno de mis libros preferidos también en mi época de estudiante universitario.

Siempre usaba un pasaje de este libro para darnos lecciones de vida respecto de lo que podría ser la suerte temporal, su atmósfera y las circunstancias que la rodean. Esta anécdota me perseguía constantemente porque podía ser aplicada en cada momento de nuestras vidas; según ella, lo importante es no perder el objetivo a pesar de las vicisitudes que puedan presentarse. La moraleja es no desmayar en el intento de alcanzar el objetivo.

Esta bella parábola se encuentra en el capítulo V que hace alusión a la suerte. Espero te sea útil.

«…

V. ¿QUÉ ES LA SUERTE? … El gran filósofo taoísta Liehtsé nos dio la famosa parábola del Anciano del Fuerte:

Un Anciano vivía con su Hijo en un Fuerte abandonado sobre la cumbre de una colina, y un día perdió un caballo. Los vecinos llegaron a expresar su pesar por este infortunio, y el Anciano preguntó: —¿Cómo sabéis que es mala suerte? Pocos días más tarde volvió su caballo con una cantidad de caballos salvajes, y esta vez vinieron sus vecinos a felicitarle por esta muestra de fortuna, y el Anciano respondió: —¿Cómo sabéis que es buena suerte? Con tantos caballos a su alcance, el Hijo empezó a cabalgar en ellos, y un día se fracturó una pierna. Otra vez llegaron los vecinos a expresar sus condolencias y el Anciano respondió: —¿Cómo sabéis que es mala suerte? Al año siguiente hubo una guerra, y porque el Hijo del Anciano estaba lisiado no tuvo que ir al frente. Evidentemente esta clase de filosofía permite al hombre soportar unos cuantos golpes duros en la vida, con la creencia de que no hay golpes duros sin sus ventajas. Como las medallas, tienen reverso…».

Este libro me pareció deslumbrante; gracias a él pude entender la riqueza de lecturas con las que mi padre había llenado su alma. Será por eso que estos dos bellos poemas tomados de su antología Tala en el Silencio cobran la fuerza y belleza con que los escribió.

 

Pueden decir

A Javier Heraud,

primer Poeta Joven del Perú

 

Pueden decir muchas cosas sobre la poesía.

Decir, por ejemplo, que es tan débil

como una pestaña

o tan alta como el sol del mediodía;

tan leve como el pensamiento de un niño.

Decir que sirve solo para las almas olvidadas.

Que la poesía no tiene familia,

que está abandonada en el diván del tiempo,

como una hamaca rota.

Se puede decir esto y mucho más sobre la poesía.

 

¿Qué es lo que camina en mí?

A Elvio Romero

 

¿Qué es lo que camina en mí

que como niebla entreveo?

¿Qué secreto me sujeta

sin llegar a comprenderlo?

 

Es cierto que existe el alma,

lo estoy sintiendo por dentro.

¿No lo oyen, acaso, ustedes,

cuando llama con su rezo?

 

Poblado de fino estambre,

como débil aleteo,

siento renacer en mí

eso que llamo recuerdo.

 

Cuando la nostalgia viene

a perturbar el silencio

que dicta con su presencia

el ser que nos presta aliento.

 

Ese ser, el que quisiera

que me tuviera en su seno

para llegar hasta él

volcando mi propio ego.

 

Tanto tengo que decir

crepúsculo de silencio,

tránsito de oscuras penas,

territorio de mi sueño.

 

Dividen cosas amargas

empapadas de misterio

que cruzan el laberinto

de mi espíritu y mi cuerpo.