Cuando la tradición peruana y japonesa se unieron en la poesía.

Se dice que fue Matsuo Bashō, un monje budista, quien popularizó el Haiku en Japón. Este tipo de poesía surgió del asombro que los seres humanos sentían al contemplar la naturaleza, asombro que plasmaban en pocos versos sencillos pero emocionantes.

Fue este estilo poético el que José Watanabe aprendió en su natal Laredo, en Trujillo, guiado por su padre, Harumi Watanabe Kawano, un japonés que había migrado al Perú y se había casado con la madre de José, Paula Varas Soto. El matrimonio Watanabe era una familia humilde que trabajaba en una hacienda azucarera hasta que tuvo un golpe de suerte inimaginable: ganaron la Lotería de Lima y Callao. Fue en este momento cuando José se muda junto con sus padres y hermanos a la ciudad de Trujillo, dejando un Laredo que siempre se quedaría en su memoria y que con los años recordaría a través de su pluma.

En su juventud inició los estudios de Arquitectura pero cortó aquel camino para convertirse en un autodidacta de la palabra, desarrollándose como poeta, guionista de cine y documentales, y en ocasiones, guionista de obras teatrales. Si bien José Watanabe compartió mucho con los poetas de la llamada Generación del 70, su obra conserva una individualidad particular alejada de puros contenidos políticos. Los temas peruanos son asimilados y plasmados con la influencia del Haiku, deteniéndose en el aprecio, contemplación y emociones que produce la naturaleza peruana, por ello recuerda y retrata a su añorado Laredo. Así mismo, Watanabe emplea un humor criollo muy personal describiendo eventos cotidianos.

Su creatividad, estilo y talento lo llevaron a ser acreedor en 1970 del primer premio en el concurso El Joven Poeta del Perú con el poemario Álbum de Familia.

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