Semblanza de Juan Rulfo por Marco Antonio Corcuera

Pedro Páramo de Rulfo

Confieso que no puedo terminar una novela voluminosa, salvo que se trate de La Montaña Mágica o Cien años de soledad, para referirme a dos autores y épocas distintas; leo, en este género, las obras breves, entre las que se cuentan, sin lugar a dudas, Pedro Páramo de Rulfo, Don Segundo Sombra, La serpiente de oro, entre otras, no muchas, que entretienen e iluminan.

Pedro Páramo tiene la singularidad de iniciar un movimiento que los críticos bautizaron como “realismo mágico” y derivó en el llamado Boom de la novelística latinoamericana. Pedro Páramo tiene los elementos esenciales que hacen de este género el más completo, aunque no el más hermoso, campo que le está reservada a la poesía. Cortazar decía: “La poesía es absolutamente necesaria para mí y si alguna nostalgia tengo yo es que mi obra es en definitiva no una obra exclusivamente poética”.

Pedro Páramo constituye un campo visionario. La imaginación hace el papel principal creando personajes que desde el más allá actúan como nosotros, con la misma realidad y desventura. En aparente incoherencia se juntan los dispersos elementos de la novela como un rompecabezas para mostrarnos su integridad. En el fondo de la trama está el hombre que vive y padece que se levanta después de muerto, cuando se lo piden los demás, como el verso de Vallejo, se echa andar y se pierde en el horizonte.

Es una novela poema, fusión entre esas dos hermanas gemelas de que hablaba Saint John Perse, unidas por la brizna de la creación, cantando y contando, como lo quería Manuel Machado, con sorprendente realismo, nostalgia, magia y desencanto porque la muerte está viva y actúa para auxiliar a las gentes en los caminos y en las empolvadas callejuelas de Camala. En medio del escombro se yergue, sin embargo, como un pino solitario, el Pedro que alumbra el páramo de ese pueblo muerto, como simbolizando el machismo del México inmortal.

El silencio es exaltado y la muerte aparece viviéndolo todo.

La violencia de la quietud, la naturalidad transparente de la nada. Eso es Pedro Páramo; pero es algo más, es la filosofía de un pueblo sumido en la magia de la vida que todo lo ve a través del fatalismo, de lo inevitable porque el transcurrir del tiempo va parejo con la creencia de la reencarnación, de la simple convivencia de los seres y las cosas. Es el nirvana de los sueños que embargan la beatitud del hombre. Eso es Pedro Páramo.

“…principiaron a moverse mis pasos… me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas… y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza estaba llena de ruidos y de voces… mi cuerpo se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera un trapo…”.

Rulfo ya descansa en paz. Recuerdo que el II Encuentro de la Comunidad Latinoamericana de Escritores convocó en 1967, me tocó estar junto a él y a José María Arguedas, otro muerto inmortal. Rulfo era observador y no actor, reflexivo antes que hablante. Miraba fijamente a su interlocutor, el Arguedas que acababa de ser desembarcado del suicidio. No había vuelto a publicar después de Pedro Páramo y El llano en llamas, pero eso poco importaba si su obra había ya transpuesto la consagración de la lengua. ¿Acaso con producción tan breve no se inmortalizaron también Bécquer, Manrique y César Vallejo?

Por allí debe estar una fotografía que nos tomaron en un alto entre Guanajuato y Guadalajara. Había puesto sus brazos entre los hombros de Arguedas y los míos.

Marco Antonio Corcuera.
Publicado en el Diario “La Industria” de Trujillo – Perú
Enero de 1986.

 

 

 

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